Siriraj: el museo de la muerte

La capital de Tailandia, Bangkok, acoge un museo forense único en su género y en el que se recurre al horror como método científico y educativo.

Fundado a mediados del siglo pasado por el profesor de medicina Sonkran Niyomsen, el Museo de Siriraj forma parte del conocido complejo hospitalario de Sijirat, situado en lo que es en la actualidad la parte más antigua de la ciudad de Bangkok, el barrio de Thonburi.

La intención original de Niyomsen fue que sirviera para que los estudiantes de anatomía forense completaran su formación pero con el correo del tiempo el museo ha ganado la suficiente popularidad como para diversificar su audiencia. Es por ello que hoy en día a alumnos locales que recorren los pasillos en visitas guiadas se suman turistas y curiosos extranjeros atrapados por el poderoso efecto de imán que ejerce este museo y su aquilatado ambiente “gore”.

El museo está dividido en seis partes dedicadas a patologías, medicina forense, parasitología, anatomía, historia de la ciencia tailandesa y prehistoria

Según la forense Somboon Thamtakengkit, consultora y asistente del museo, además del objetivo académico del fundador, su intención era “enseñar que la vida es delicada y hay que tratarla con cuidado”.

Es por eso que las vitrinas albergan fetos deformes, cadáveres de recién nacidos, órganos y miembros destrozados por asesinatos, enfermedades, accidentes y suicidios que en todos los casos ilustran sobre la fragilidad de la vida.

El recorrido suele ser bastante impresionante, conmovedor y emocionante en todos sus niveles. Esto hace que, por ejemplo, en la base de una urna de cristal que contiene el cuerpo inerte y en suspensión de un niño de dos años, haya juguetes llevados por los visitantes conmovidos por la suerte del menor que murió ahogado.

Si uno camina por los pasillos del Museo de Siriraj puede toparse con pulmones de fumadores renegridos por el humo del tabaco, hígados de bebedores devastados por el consumo de alcohol, manos, brazos, pies, piernas y cabezas seccionadas en choques de trenes y accidentes de automóvil.

También se encuentra en exposición, entre otras piezas, el cráneo de la víctima de un crimen (agujereado por el disparo de su verdugo) y el estómago de un suicida abrasado por el ácido con cuya ingestión decidió poner fin a sus días.

Además, en el museo se encuentran expuestos cuerpos de criminales y violadores. Sin embargo, estos son exhibidos con otra intención.

Según somboot “la inclusión de esas personas tuvo el fin de alertar de que quienes se portan mal no van al paraíso y están condenados a permanecer en este mundo”, en alusión a que sus restos no habían sido cremados, como manda el budismo.

El inquilino más famoso del museo

El mejor ejemplo es el cadáver de quien con toda probabilidad se ha convertido en el inquilino más famoso del museo.

Si Quey era un inmigrante chino que en 1958 fue detenido por la Policía a la que, según el relato oficial, confesó que había asesinado a seis niñas y un niño para comerse sus corazones e hígados, con la esperanza de alcanzar la inmortalidad.

El inmigrante chino fue ejecutado al día siguiente de su detención -sin que mediara juicio-, y el profesor Sonkran reclamó su cadáver para hacerle la autopsia y tratar de encontrar alguna anomalía física que explicara su comportamiento asesino.

Somboon dice que el examen anatómico del profesor Sonkran no reveló anormalidad alguna, lo que no impidió que se dispusiera la conservación del cuerpo inyectándole parafina para someterle después a un proceso de secado de miembros, órganos y tejidos.

El resultado se incorporó a la colección, en la que el cadáver de Si Quey aparece desnudo y erguido, vaciados los globos oculares y con la boca abierta, mostrando los colmillos superiores.

Lo irregular del ajusticiamiento del presunto asesino propagó en la comunidad china la versión de que Si Quey no había sido culpable de los crímenes que se le habrían atribuido con la sola intención de desprestigiar a ese segmento de población, influyente e impopular.

Esa versión nunca fue confirmada por fuentes acreditadas; lo seguro es que el inmigrante chino permanece inscrito en la memoria colectiva en el papel de ogro en ese tipo de cuentos infantiles que los adultos improvisan para obligar a obedecer a los niños.

Fuentes: EFE/Clarín - www.directorioforense.com

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