HOWARD BECKER: LA REACCIÓN SOCIAL ANTE EL DELITO (2º Parte)


BECKER señala que en muchas ocasiones el primer paso en una carrera desviada es la realización de un acto de inconformismo, y que la mayoría de la gente considera que este tipo de actos son intencionales y a propósito, y que si bien la intención puede ser plenamente consciente o no, siempre existe un motivo detrás del accionar. Aquí nuestro autor nos vuelve a llamar la atención cuando nos aclara: “debo señalar que muchos actos de inconformismo son cometidos por gente que no tenía la menor intención de hacerlo” (2009: 45). Y agrega que las personas integrantes de ciertas subculturas pueden llegar a ignorar que no todos actúan “de esa manera” y por ende, incurrir en la falta (ibid.). Pero también nos aclara BECKER que “la persona que se desvía de la norma una vez no nos interesa tanto como quien mantiene un patrón de comportamiento desviado durante un período largo de tiempo, quien hace de la desviación un modo de vida, quién organiza su identidad alrededor de un patrón de comportamiento desviado” (2009: 49; subrayado personal). Y nos señala que uno de los pasos cruciales en ese camino es la experiencia de haber sido identificado y etiquetado públicamente como desviado: “Que la persona transite por esa experiencia no depende tanto de lo que haga o deje de hacer sino de la reacción de los demás, de si deciden o no aplicar la ley que se ha violado” (2009: 50, subrayado propio).

Para BECKER, una vez que el sujeto es descubierto y etiquetado como desviado tendrá importantes repercusiones en la imagen que se hacen las personas sobre sí mismas y en su futura vida social: pasa a adquirir un nuevo status, que revela que es diferente a los que se suponía que era, a partir de ahora será una “loca”, o un “fumón”, o bien un “adicto”, y se lo va a tratar acorde a este status maestro, es decir, un status que tiene más fuerza que los demás, que se convierte en dominante y que conlleva toda una serie de rasgos indeseables asociados (2009: 51-52). Y BECKER sostiene que a partir del etiquetamiento comienza entonces la profecía autocumplida en el sujeto desviado, proceso en el cual se ponen en vigencia una serie de mecanismos que terminan dándole forma a la imagen que el resto tiene del sujeto desviado: el individuo identificado tiende a aislarse de las actividades convencionales para finalmente integrarse a un grupo desviado organizado. A partir de allí, pasan a tener en común la desviación y se solidifica la identidad desviada, aprendiendo a racionalizar su conducta y a justificar racionalmente la línea de acción tomada (2009: 56-57).

Respecto al grupo creador y aplicador de las normas, BECKER señala que la aplicación de una norma requiere iniciativa para castigar al culpable (de la infracción); además de esto, el grupo con iniciativa debe hacer pública la infracción al resto, dando la voz de alarma; y esta voz de alarma surge cuando el grupo ve algún tipo de beneficio en dar la alerta, siendo ese interés personal el que los lleva a tomar la iniciativa; por último, sostiene BECKER que “el tipo de interés personal que desencadena la aplicación de la norma varía de acuerdo a la complejidad de la situación en la que es aplicada” (2009: 142). BECKER sostiene que el prototipo del creador de normas es el cruzado reformista, al que le interesan los contenidos de las normas: las reglas existentes no lo satisfacen porque existe un mal que lo perturba profundamente y el mundo no va a estar bien hasta que las normas o puedan corregir. El cruzado opera sobre una ética absoluta, y lo que ve en el mundo es malo, sin matices; e incluso utilizaría cualquier medio para eliminar ese mal. Los cruzados reformistas se creen generalmente superiores en términos morales, pertenecen a los niveles más altos de la estructura social y consideran que su misión es sagrada, aunque muchos de ellos tienen un fuerte sesgo humanitario. Asimismo, el cruzado no suele ocuparse de la elaboración de las normas legales; delega en otros su implementación satisfecho con saber que ya está ganada la partida (2009: 167-171). Sin embargo, como bien expresa BECKER sobre el asunto, al dejar la elaboración de una norma específica en otras manos, los cruzados morales “dejan la puerta abierta a influencias impredecibles. Pues quienes redactan los borradores de las leyes para los cruzados también tienen intereses propios, que pueden afectar la legislación que están elaborando” (2009: 171-172).

La consecuencia más obvia de una cruzada exitosa es la creación de una nueva norma (aunque puede darse el supuesto de que fracase estrepitosamente), al tiempo que supone entonces un nuevo conjunto de agencias y funcionarios para su aplicación: “el resultado final de una cruzada moral es la creación de una fuerza policial” (BECKER, 2009: 175). Y con ella, un nuevo grupo de marginales para etiquetar. Sin embargo, la actitud de la policía, necesariamente selectiva si consideramos la cantidad de violaciones normativas a las que debería conjurar y los medios disponibles que tiene a su mano para realizar su trabajo, puede poner en jaque el sentido original de quienes iniciaron la cruzada moral: la policía se va a fijar prioridades en su tarea, ocupándose de los caso más importantes y urgentes, y además carece del ingenuo fervor moral de los cruzados. En resumidas palabras, la escala de prioridades del agente policial puede diferir notoriamente de las de los cruzados morales. Y es aquí justamente donde el cruzado moral puede volver con su tarea sosteniendo que el resultado de la última cruzada no ha sido satisfactorio (BECKER, 2009: 175-181). También habría que decir, por otro lado, que a veces el sujeto infractor logra evitar el proceso exitoso de etiquetamiento. No obstante, es sólo a modo de comentario, dado que la parte más interesante del modelo beckeriano se aprecia justamente cuando la reacción social logra su cometido.

Críticas a la Teoría del Etiquetamiento.

Muchas fueron las críticas a la teoría del etiquetamiento: la falta del lugar (central) del Estado en el proceso de reacción social, o del poder y la estructura social; la ausencia de investigaciones en delitos con víctimas (se analizó más que nada al fumador de marihuana, el músico nocturno de jazz, la persecución a las brujas, la homosexualidad, la prostitución, etc.); la falta de especificidad acerca de si todos los delitos son producto de la reacción social; la toma de posición de acuerdo al sujeto investigado (¿qué sucedería si se estudiase el delito de cuello blanco o la desviación de los poderosos?); la reafirmación de los estereotipos al estudiar las desviaciones típicas; no habría ningún efecto positivo en el control social (no hay prevención delictiva nunca); etc. Pero quizás la crítica más feroz a la interpretación de estos autores provino de parte de ELLIOTT CURRIE, quién les criticaba la concepción del desviado como “siempre bueno, siempre es un luchador rebelde, no importa cuán inarticulada, ininteligible y equívoca sea su forma de protesta”, y sobre todo la crítica que apuntaba a la imposibilidad de aplicar esta categoría a los delincuentes de “cuello blanco”, quienes no se rebelan ante el sistema sino que en todo caso se benefician del mismo (LARRAURI, 1991: 126).

Fuente: http://www.derechoareplica.org

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